La publicación de Relatos de un bebedor de éter, de Jean Lorrain, permite redescubrir a un decadentista de pura cepa, adelantado a su tiempo / Por Hugo Beccacece

De día, morfina, los restos de una pesadilla y, por fin, la lucidez de la escritura; de noche, éter, cortesanas de la Belle Époque, matarifes de grandes manos ensangrentadas y marineros apenas desembarcados, sedientos de alcohol y ávidos de sexo; por la madrugada hasta el alba, alucinaciones y espectros monstruosos agazapados en la oscuridad del dormitorio. Esa rutina cotidiana produjo Relatos de un bebedor de éter , el libro de Jean Lorrain (1855-1906) que acaba de publicarse en una cuidada traducción al español de Víctor Goldstein. Ezequiel Alemian, en el excelente prólogo de esta edición, ubica al autor francés entre los escritores decadentistas y considera sus cuentos ejemplos notables en la literatura moderna de las drogas, junto con los textos ya clásicos de Thomas de Quincey y Charles Baudelaire. Lorrain, por su parte, se ufanaba de mencionar entre copiosos signos de admiración a sus tres grandes maestros: el pintor Gustave Moreau, Jules Amédée Barbey d'Aurevilly (el admirable y satánico autor de Las diabólicas ) y Joris-Karl Huysmans (el novelista de A contrapelo , creador de Des Esseintes, el personaje emblemático del esteticismo decadente).