Hace años que María Negroni vive en Nueva York, donde enseña literatura latinoamericana en el Sarah Lawrence College. En el microcentro porteño conserva, sin embargo, un pequeño departamento que condensa una justicia poética doble. Por un lado, sus espacios diminutos, con algo de fábula infantil, hacen eco a su interés, reflejado en sus ensayos, por las formas y objetos de dimensiones mínimas. Por otro, el departamento fue propiedad de otro poeta. Al momento de escriturarlo, en los años noventa, la escritora descubrió que en él vivió buena parte de su vida Alberto Girri.
Negroni acaba de publicar Pequeño mundo ilustrado , diccionario de pasiones e intereses personales en que los temas, diversos, van formando una suerte de red psicogeográfica. "Todo catálogo es una máquina para atrapar la realidad", se lee en una de las entradas, y la realidad que surge de los textos breves que componen este volumen es fantasmal, pero también precisa. Bibliotecas, juguetes, muñecas mecánicas, dioramas y exposiciones universales coinciden en plano de igualdad con Casanova, E.T.A. Hoffmann, Freud (como coleccionista), el pintor Oskar Kokoschka, la película La noche del cazador o Clemente Onelli, histórico director del zoológico porteño. También, con naturalidad, Philip K. Dick y la banda alemana Kraftwerk.
