JEAN LORRAIN
“Pintor complaciente de ebriedades y perversiones”, como lo describe el Grand Larousse Encyclopédique, Jean Lorrain (nacido Paul Duval) fue poeta, cuentista, novelista y, principalmente, toxicómano. Nacido en Fécamp en 1855, nunca pudo conocer a Charles Swinburne, quien vivía en la región, pero sí fascinarse por su vida excéntrica, de la que circulaban distintas anécdotas. Establecido en París (más precisamente, en Montmartre), logró que su padre aceptara su vocación por las letras, a condición de que escribiera bajo pseudónimo. Quizás el hombre no sabía que, con pseudónimo o no, la carrera literaria de su hijo implicaba amistades como los Hydropathes, los Zutistes y Barbey d’Aurevilly, quien lo tomó por discípulo y solía referirse a él cariñosamente como Monsieur la Putaine, mientras Paul Bourget, quizás sin tanto afecto, lo llamaba Mademoiselle Baudelaire, apodo que Lorrain debió compartir con su amiga Rachilde. Su homosexualidad era declarada, casi militante; Lorrain era afecto al maquillaje, las joyas y los perfumes, tanto como a pintarse las nalgas, en todo lo cual desentona con quien sería su principal rival en el podio del homoerotismo finisecular, Marcel Proust, famoso por su prudencia, su secreteo y su invariable necesidad de ocultamiento (Lorrain llegó a batirse con su archienemigo pero, a pesar de su destreza con el sable, no logró matarlo).
Los caminos vedados de la sodomía y el satanismo pautaron su amistad con Huysmans; con Yvette Guilbert compartió el amor por la canción, las noches del Chat noir y el esplendor de Montmartre; el éter, en cambio, fue una pasión solitaria y duradera, que lentamente arruinó su estómago y sus nervios. Como periodista, Lorrain fue combativo, casi cruel, lo cual le aportó dinero y, sobre todo, enemigos. Su situación económica se complicó cuando una pintora le hizo juicio por difamación y la corte lo castigó con una cuantiosa indemnización. Su novela Monsieur de Phocas, de 1901, también le valió una causa, ya obvia para los lectores, por ultraje a la moral pública. Para esa fecha, la perversión, el lujo y el escándalo habían pasado de moda, suplantados en la agenda intelectual por el militarismo puritano; Lorrain fue olvidado por el ambiente intelectual, pero no por sus acreedores, y pasó sus últimos años entre la penuria financiera y los horrorosos efectos colaterales del éter. El episodio de su muerte es oscuro; el 28 de junio de 1906 fue encontrado inconciente en el baño de su departamento, con una hemorragia en el colon que pudo ser producto de una dosis de éter, de una simple lavativa o de un asesinato homofóbico convencional. Murió dos días después.
Claudio Iglesias


